19 agosto 2005

Huida hacia el punto de fuga

Quería sentir, ser todo aquello que había leído, escuchado. ¿Se podía vivir aquella pasión que cantaban los juglares, tan fuerte como sólo los lobos aúllan a la luna llena? Sin tener certeza sobre ello montó al primer tren que salía de la estación. Durmió. Pasaron días. Probablemente también años, y veía a la gente sentarse en su compartimento, levantarse, dejar las maletas sobre su cabeza. Y veía su barba crecer, poblar cada rincón de su joven cara, curtida día a día por la voz familiar del revisor.
Pasaron las estaciones. Hoy París, mañana Budapest. Pasado mañana primavera y al siguiente otoño.
Al paso de su tren, las ciudades estaban dibujadas en blanco y negro, eran una plana fotografía de los sueños que los viajeros trazan en los mapas. Compases se alzaban en lugar de las torres y parecía que la línea del horizonte estaba trazada con el cartabón de un viejo profesor de geometría. Hasta las manchas del cristal eran huellas dejadas por el despistado artista con sus dedos manchados de carboncillo.
El arte nacía del haz de luz que manaba de sus pupilas, claro como el agua recién nacida del manantial de montaña, enrevesada como las comparaciones de los clásicos orientales. Y tan natural como ambas, pues no tendría sentido ese mirar sin el objeto sobre el que se posase su vuelo. Cada amanecer bebía imágenes que componían, fotograma a fotograma, una curiosa película sin argumento, sin principio ni fin. 24 exposiciones por segundo. Lástima de plata, menudo desperdicio.
El pulido andén llegaba a su fin. Y el agua no saciaba su sed. Ya la bebía con fruición, tanta que peligraban las existencias de todos los océanos y ni las lágrimas de la humanidad, que no dejaban de desembocar en ellos, podían parar la acuciante sequía.
Cuando el tren paró estaba amaneciendo. A su izquierda se extendía el diezmado mar y el sol se miraba a su espejo recién despierto para quitarse las legañas. A su derecha, la ciudad invisible bostezaba.
Cogió su hatillo y caminó hacia ella. No había caminado dos pasos cuando paró en seco su marcha y se lo pensó mejor. Dio media vuelta, cruzó las vías antes los ojos del jefe de estación y se metió en el mar. Primero los pies, luego las piernas, el torso, hasta que su cabeza no fue más que una mancha diminuta que se perdió bajo las aguas, justo debajo de la línea del horizonte que algún viejo profesor de geometría había dibujado con su cartabón de madera.

8 Comments:

Anonymous yai said...

El mar, siempre el mar
Y el drago milenario se bebió todos los fotogramas de sus pupilas para esculpir el mar en otras orillas
Un saludo de Las Canteras!

20 agosto, 2005 18:11  
Anonymous Anónimo said...

Eeee
Otro saludo de las Canteras,por cierto, hoy está más bonita q nunca!!!!

21 agosto, 2005 16:44  
Blogger Ignis fatuus said...

Me gustó el texto-relato...
Al final somos todos "viajeros literarios" y ha estado bien el viaje.
No tiene nada que ver, pero el final y las sensaciones que despierta al leerlo me recordaron a esa película sobre Jacques Mayol, el Gran Azul y ese ficticio final "rindiéndose" a las aguas.
Un saludo,

21 agosto, 2005 20:44  
Blogger Alice said...

A veces pienso que lo que hay tras las ventanillas es una ilusión, que nada es real. ¿Como se vive?

No lo sé, se vive, no hay más.

21 agosto, 2005 23:33  
Blogger V said...

Raíles, líneas de fuga hacia cualquier océano. Tengo que contarte mi reencuentro con el Atlántico, neno

21 agosto, 2005 23:49  
Anonymous Anónimo said...

No sé, no awanto, no sé de trenes, pero el mar me llama, me pide a gritos que me funda en él, me dice que sabe a ciencia cierta que es el único capaz de comprenderme, que nadie me abrazará con el mismo aliento, la misma ansia!
No sé, hoy no sé, tengo miedo de volver a transitar andenes de metro, que corten mi respiración, que no me comprendan, que no me abracen, que me repugnen con su sudor!
Y al fondo, tú! No te vayas que resultas ser la sal que me falta en una ciudad amarga y sucia, sedienta de llantos de niñas caprichosas que desean un abrazo a cada momento...

22 agosto, 2005 00:45  
Blogger kay said...

necesitaba ver el mar, y qué bonito se veía desde los trenes de la costa marfitana ¿recuerdas? es agradable saber que hemos ocupado los mismos trenes en distinto espacio y tiempo. creo que podría escribir un libro entero sobre historias en trenes ¿qué te parece?

28 agosto, 2005 18:41  
Blogger 22 said...

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31 diciembre, 2009 04:00  

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